“Odio separatista”

RPNews // 19 agosto 2018.- Una pizca de sal * Rafael Sanmartín

¿Qué es patriotismo?

inyecta la mirada

mientras clavas en mi pecho

tu camisa azul.

¿Qué es patriotismo?

Y ¿tú me lo preguntas?

Patrioterismo, eres tú

En primer lugar, que Bécquer disculpe por destrozar sus versos. Con sus tres amores sabría comprenderlo.

El más justo patrioterismo que patriotismo propiamente dicho, con la misma camisa de siempre, llama “odio” (a España) el deseo legítimo que mucha gente siente de segregar su Nación del Estado español. Precisamente porque aquello es una nación y España un Estado. Eso no es odiar. Odiar es desear mal, buscar y practicar subterfugios, triquiñuelas, para hacer daño. Odiar es menospreciar a otros, como cuando, por ejemplo, el españolismo y su presunción de “unidad” destruye la unidad para mofarse del deseo legítimo de los pueblos de decidir por sí mismos. O para criticar la forma de hablar de los andaluces, cuando toman a los andaluces como especiales elementos dignos de chanza, cuando se critican las costumbres andaluzas, hasta que, zarandeados por la certeza de descubrimientos extranjeros, adoptan esa misma costumbre, no sólo sin avergonzarse, o al menos sin pedir disculpas, sin reconocer su error, sino que encima se lo adjudican a sí mismos. De la misma manera que el centralismo mesetario, cuando tiene casi perdida la “d” intervocal o ha cambiado el sonido “j” por “h” aspirada, todavía no ha pedido disculpas a los andaluces por tantos años de burlas y castigos. Castigos tan sólo por haber sido los primeros, creativos creadores, mantenedores de esa forma de hablar, contra la imposición de una “corrección” inexistente. España ya copia la forma de hablar de Andalucía, ya ha empezado a aceptar y practicar la relajación de lenguaje, sin reconocerlo. Peor aún: con la vana y cínica presunción de ser los responsables de la “evolución”. Los “hacedores del cambio”.

Una evolución que comenzó hace al menos dos mil años y ha supuesto un “sambenito” para los andaluces. Si hacer mal uso de las palabras tuviera cárcel, no habría suficientes celdas para tantos “bienablaos”, duros críticos, verdugos del habla andaluza y cuando al fin lo copian sin avergonzarse, sus “inventores”, según ellos y su inexistente ética, afirman ser creadores. Si, cuando hartos de tanto menosprecio, de la sustracción de nuestra cultura, de arruinar adrede nuestra economía, grupos cada vez más numerosos deciden declararse partidarios de la independencia, lo llaman “odio a España”, ¿qué será el maltrato sufrido durante siglos? ¿el abandono de la tierra más rica de Europa, para convertirla en la de los seres más pobres? ¿Qué es la apropiación de nuestras obras de arte, para atribuirse y presumir de una riqueza cultural ajena, y mercantilizarlas en los museos madrileños? ¿Qué es la tergiversación y negación de nuestra historia? ¿Qué es la ocultación y prostitución de nuestro arte para lucirlo como propio? Si estar harto de tanta depredación es “odio a España” ¿Qué es provocar esta hartura? Más aún: ¿Qué es España?

Si el uso inadecuado y caprichoso de las palabras tuviera multa, España tendría la Hacienda más boyante del mundo. Debe ser cómodo llamar “odio” al deseo de ser responsable del propio destino ó a la reclamación de derechos, y no llamarlo al insulto, al menosprecio, a la depredación mentirosa. Tan cómodo, o tan inculto, o tan cínico, o todo eso y más, como decir “las autonomías rompen España” o “los catalanes quieren romper España”. En primer lugar sólo se puede romper lo que está hecho de una pieza. Las conquistas medievales demuestran que España no es una pieza, aunque lo hagan proceder para disimular, del “Reino godo de Toledo”, porque aquello, ni era una pieza, ni era España. No es posible romper lo que estuvo roto siempre, porque no se construyó, se pegó con malos pagamentos, tan malos como las malas artes con que se quiso obligar a todos a pivotar sobre el centro. Ni se puede romper lo que está hecho de trozos, ni se pretende romper, ni las autonomías pueden romper nada. Ejemplos hay de estados federales, dónde los entes federados incluso tienen leyes propias, distintas a la de los Estados vecinos, pero todos, sin diferencia, se sienten ciudadanos del Estado Federal y lo presumen orgullosos. Será porque los verdaderos estados federados respetan la personalidad de los entes que los forman, pero no permiten mecanismos por los que alguno de ellos, y sobre todo el centro, se apropie de las riquezas de los demás. En Estados Unidos, por poner un ejemplo, veintitrés ciudades son más grandes, más industrializadas y más influyentes que Washington. Sólo en los estados centralistas se favorece a la capital, a la que se enriquece y se obliga a crecer, a costa de las demás. En el caso de España, verdadero paradigma del hecho referido, especialmente a costa de Andalucía y de lo andaluz.

Cuando un Estado se construye a la fuerza, y a fuerza de negar las entidades que lo forman; un Estado que fomenta los enfrentamientos; que ayuda a unos a enriquecerse al precio de empobrecer a otros; que se pone al servicio de intereses económicos estatales e internacionales, ese Estado es imposible romperlo, porque nació roto. Y si alguien pretende separarse, sólo busca volver a su estado original. No es odio. Por más que se empeñe el involucionismo recalcitrante, eso no es odio. Sí es odio lo que ha provocado el deseo de separarse de dónde ha sido unido a la fuerza, aunque no tanto por eso, como por el mal trato recibido. Si España se hubiera preocupado de fomentar la industria de Andalucía en vez de trabajar para eliminar la levantada por el esfuerzo andaluz, por citar un ejemplo claro, no habría en Andalucía quien hablara de independencia, o como mínimo su número sería insignificante, en vez de ir en aumento. pese a los involucionistas que lo califican de “odio”, para ocultar que son quienes realmente odian. A Andalucía, a lo andaluz y a los andaluces.

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