Ética y política

la imbecilidad supera notablemente a la inteligencia, porque esta tiene límite

Una pizca de sal * Rafael Sanmartín

RPNews // 12 agosto 2018

Muchas frases forman la riquísima lista de ejemplos, sentencias, ocurrencias, espléndida aportación cultural y filosófica al mundo. Las hay plenas de sabiduría, de humor, de sabiduría humorística, de realismo. El valor de algunas no está en la propia frase, sino en la ocasión, el momento en que fue dicha, que nos hace recordar y comparar. “¿Tú también, hijo mío?”, “Alea Jacta est”, ni son ocurrentes ni originales, pero definen lo concreto. Y, si el mayor imbécil de la historia, que tantas simpatías despierta entre la clase política y la mediocridad generalizada, el griego Eróstrato hubiera sido capaz de articular alguna frase, tendríamos otra para referencia. Claro, para referencia de lo que es, de lo absurdo, de imbecilidad absoluta. Por eso tiene tantos seguidores. Pero no hizo falta: llegó el “Plan Bolonia”, coronación de la nueva política educativa, en permanente huida de las humanidades y de la humanidad, de la solidaridad, de la literatura. De la Filosofía. Del pensamiento. Y, como la imbecilidad supera notablemente a la inteligencia, porque esta tiene límite, habrá que empezar a tener en cuenta otras frases, no para la posteridad, pero sí para la perplejidad. Y algunas, más. Algunas para la hilaridad. Algunas para la “helaridad”. Para dejarnos como un témpano de hielo. Si la ley llegara a decidir qué es ético, es cuando valdría la pena “apagar e irnos”. La duda es a dónde ir.

Ya nos gustaría que la política se ajustara a la ética. Ya nos gustaría a muchos y nos debería gustar a todos. Que la ética marcara la acción política sería la utopía, la salvación del mundo. Que la legalidad -la acción política- pueda convertirse en, más bien suplantar a la ética, será el final de la hecatombe a dónde nos llevan estos amos del mundo, que creen poder seguir viviendo cuando hayan terminado con toda la oposición a sus desmanes, como si fuera posible despersonalizar plenamente, convertir en esclavos absolutamente a toda la Humanidad. Sin embargo, un pobre político, no más inteligente que el jonio que, para pasar a la historia, sólo se le ocurrió prender fuego al Templo de Éfeso, ha planteado, sin saberlo ni buscarlo, la gran paradoja. El gran dilema. Y es que, como la ignorancia tiene tantos seguidores, se corre el peligro de permitir la creación de un nuevo paradigma: si lo dejamos ir, puede terminar por salirse con la suya y que un día no muy lejano, lo ético sean los abusos bancarios; que no está tan lejos. Por ejemplo. O que matar no sea ético sólo si la ley lo prohíbe. Y -esto es lo peor- sólo en aquellos casos específicos y en la forma en que la ley lo prohíba. Las masacres de la Edad Media ya hallaron justificación en la moral (es decir, en la falta de moral) de la moral guerrera. Los asesinos de Blas Infante, los de García Lorca, los de Javier Verdejo, los de las trece rosas, los de Vitoria, los de los albañiles de Granada ó el de Carmona, y tantos otros, darían cualquier cosa por alcanzar el paradigma: la convicción de que sólo es válido, sólo es ético, sólo es legítimo lo que diga la Ley. Lo que haría, lo que daría la inmensa mayoría de los políticos por hacerlo cierto. El “summum” de la política y los políticos al servicio del capital monopolista, es llegar a que la ley sea “su ley”. Hacer ley su exclusiva voluntad, a mayor gloria del capitalismo a que obedecen.

Casado, sin saberlo, sin intentarlo siquiera, ha puesto un pilar fundamental en el “nuevo orden mundial” que persigue la mecanización, la desalfabetización, la automatización del ser humano. Con el ser humano deshumanizado, plenamente adocenado, despersonalizado, esclavizado y satisfecho en su esclavitud, ya podrían cerrar las fábricas de robots. Cuando las leyes decidan qué es ético, habremos llegado al final de este camino que intentan imponernos y por el que circulamos decididos.

Cada vez una ley absurda es aceptada, por ejemplo el cambio de hora o el cinturón de seguridad (que nadie utilizó hasta que fue obligatorio bajo multa); cada vez que se aprueba y apoya tras la imposición legal, aquello que había sido rechazado antes de que una ley lo obligara; cada vez que alguien espera a que la ley obligue para cumplir un deber y se niegue a cumplir lo mismo si ninguna sanción lo obliga, como ha ocurrido en los casos anteriores, ú obliga a dictar leyes para evitar un abuso, como ha ocurrido con los fumadores/as, y no solo con los y las fumadores, está caminando. Caminando sólo, no. Está construyendo el camino hacia el final reservado por los amos del mundo a los millones de seres no favorecidos por las oportunidades necesarias para convertirse en millonarios y ponerse a su altura.

Huir de la obediencia ciega, de la sumisión forzada por el castigo, es el ejercicio necesario para liberarse del perverso control impuesto. Es necesario. Es necesario dejar que nos llamen y no llamar a los demás “antisistema”, “problemático”, “radical”, porque no hay mayor fanatismo que medir a la gente por su situación económica, por su color social o racial, por su opinión; no hay mayor antisistema que negar a la mayoría su derecho a subsistir; no hay peor radicalismo que cerrarse en acelerar la destrucción del planeta, con tal de acumular más y más poder, sin ni siquiera importarles quitar a sus propios hijos, o a lo más a sus nietos, la posibilidad de vivir en este planeta, incluso sin haber sido capaces -si pudieran serlo alguna vez, que no sería tan rápido- de llegar a crear vida en otro, para añadirlo a su lista de destrozos.

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